31 jul. 2011

De los griegos que partieron a Troya


Cuando Paris decidió convertir a Helena en su esposa no esperaba que tendría que pagar el ultraje a la hospitalidad de Menelao. Poco después de los esponsales, Hera mandó a Iris volando a Creta con la noticia de la fuga, y Menelao se apresuró a volver a Micenas, donde pidió a su hermano Agamenón que reclutase un ejército y lo condujese contra Troya. Y éste accedió a hacerlo solamente si los mensajeros que se disponía a enviar a Troya para exigir la vuelta de Helena y la compensación por la afrenta inferida a Menelao volvían sin haber conseguido nada.

Cuando Príamo negó tener el menor conocimiento del asunto y preguntó qué satisfacción se les había dado a sus propios enviados por el rapto de Hesíone, Menelao envió heraldos a todos los príncipes que habían jurado a Tindáreo, años atrás, defender a Helena y a su esposo, y les recordó que la acción de Paris era una afrenta para toda Grecia. Si el delito no se castigaba de una manera ejemplar, en adelante nadie podría estar seguro de que su esposa no corría ningún peligro. Y junto a Néstor de Pilos recorrió todo el continente griego reuniendo a los caudillos de la expedición.

Agamenón, Palamedes y Menelao llegaron a Ítaca, el reino de Odiseo. Éste Odiseo se había casado con Penélope con la ayuda de Tindáreo y se había establecido en Ítaca. Ahora bien, a Odiseo le había advertido un oráculo que si acudía a Troya no volvería hasta pasados veinte años, y lo haría solo e indigente. En consecuencia, simuló estar loco y estos tres reyes lo encontraron llevando una gorra de fieltro en la cabeza con forma de medio huevo, arando con un asno y un buey uncidos juntos en la playa y echando sal a sus espaldas mientras avanzaba. Y en eso que se les ocurrió averiguar si realmente Odiseo estaba loco. Para ello le arrebataron de los brazos de Penélope a su hijo Telémaco, y lo colocaron justo en el camino que trazaba el arado. Así si Odiseo realmente estaba loco pasaría por encima del infante con el arado, y si no lo estaba, daría cuenta de su hijo y lo recogería. Y Odiseo se apresuró en frenar a los animales para que no mataran a su hijo único, con lo que puso de manifiesto su cordura y se vio obligado a unirse a la expedición.

Y con Odiseo enrolado en la expedición griega, se siguió reclutando a la armada griega a través de todo el continente hasta que se creyeron con fuerzas suficientes para conquistar Troya. Pero Calcante, el sacerdote de Apolo, un renegado troyano, había predicho que no se podría tomar Troya sin la ayuda del joven Aquiles, el séptimo hijo de Peleo. De éste contaba que su madre, Tetis, lo sumergió en el río de la laguna Estigia sujetándolo por el talón y lo había convertido en inmortal. Los encargados de buscar al héroe fueron Odiseo, Áyax y Néstor, quienes consiguieron convencerle para que se uniera a la flota griega.  Aquiles tenía un compañero inseparable: su primo Patroclo, que era mayor que él, pero no tan fuerte, ni tan rápido; y quien también se unió a la empresa troyana.

Cuando la flota griega estaba ya congregada en Áulide, una playa en el estrecho de Eubea, los enviados cretenses llegaron para anunciar que el rey Idomeno, hijo de Deucalión, llevaría cien naves a Troya si Agamenón accedía a compartir con él el mando supremo, condición que fue aceptada.

De todos los consejeros que se agruparon en torno a la expedición, Agamenón como su principal caudillo, confiaba más en el rey Néstor de Pilos, cuya sabiduría no tenía rival y cuya elocuencia era más dulce que la miel. Néstor había gobernado sobre tres generaciones de hombres, y pese a su avanzada edad, seguía siendo un combatiente feroz y audaz. Odiseo confiaba en su buen juicio y ambos coincidían en sus consejos para la buena marcha de la guerra.

Antes de zarpar de Áulide, la flota griega recibió provisiones de cereal, vino y otros abastecimientos de Anio, rey de Delos. Éste rey había predicho que la expedición requeriría diez años para hacerse con la ciudad de Troya, y un día mientras Agamenón hacía sacrificios a Zeus y a Apolo, una serpiente azul con marcas de color sangre en el lomo salió de debajo del altar y fue directamente a un sicomoro que crecía en las cercanías. En la rama más alta había un nido de gorriones que contenía ocho crías y su madre. La serpiente los devoró a todos y luego, todavía enrollada en la rama, fue convertida en piedra por Zeus. Calcante explicó que este portento venía a reforzar la profecía de Anio.

Y así, ofendidos como estaban los griegos por la afrenta del rapto de Helena, pusieron rumbo a Troya y anclaron sus naves a la vista de la ciudad.

Se puede consultar más concretamente la composición de la armada griega en el canto II de la Ilíada, en el catálogo de las naves.

29 jul. 2011

De un rapto que trajo una guerra


Sabio fue aquel, que al sátiro Marsias le dijo que no se inmiscuyera con los dioses, pues éstos son afables  y terribles a partes iguales. Las intervenciones de los dioses traen el mal a los mortales. Para ello, veamos qué sucedió tras el juicio de Paris.

Pocos días después de que las tres diosas se hubieran alejado del monte Ida, Paris se encontraba con Agelao y sus toros. En eso que llegaron unos sirvientes de la casa real troyana en busca de un buen toro del rebaño de Agelao. Iba a ser el premio en los Juegos Fúnebres que se celebraban anualmente en honor de su difunto hijo. Cuando los sirvientes eligieron el mejor toro, Paris sintió de pronto un deseo irresistible de asistir a los Juegos y corrió tras los criados. Agelao intentó retenerlo, pero sin éxito.

En Troya era costumbre que al terminar la sexta vuelta de la carrera de carros los que se habían presentado para intervenir en el pugilato comenzasen a luchar delante del trono. Paris decidió competir y, a pesar de las súplicas de Agelao, saltó a la arena y ganó la corona, por puro valor más que por destreza. También ganó la carrera pedestre, lo que exasperó a los hijos de Príamo que le desafiaron a correr otra; y así conquistó la tercera corona. Avergonzados como estaban tras haber sido vencidos por un esclavo, quisieron acabar con la vida del joven Paris, pero en ese instante intervino Agelao y anunció ante todos que Paris era en realidad el hijo perdido de Príamo años atrás.

En un primer momento, los asistentes a los Juegos no lo creyeron, pero su identidad fue confirmada más tarde gracias a un sonajero que guardaba Agelao de cuando el pequeño se le fue entregado. Se le llevó triunfalmente a palacio, donde Príamo celebró su regreso con un gran banquete y sacrificios a los dioses. Parecía que en la casa real troyana todo volvía a la normalidad. Y durante un tiempo la vida en la ciudad fue recobrando la normalidad. Pero en esos días se convocó otro consejo para tratar el rescate de Hesíone, hija de Laomedonte anterior rey de Troya. En el pasado, Heracles la había raptado tras hacer un trato infructífero con el rey de Troya, y ahora los troyanos pretendían recuperarla. Ya que las gestiones pacíficas habían fracasado, Paris, recién llegado a palacio, se ofreció voluntariamente para encabezar la expedición si Príamo le proporcionaba una flota grande y una buena tripulación. Éste añadió astutamente que si no conseguía llevar de vuelta a Hesíone, quizá podría llevar a una princesa griega de la misma categoría como rehén a cambio de ella. Por supuesto, su intención oculta era ir a Esparta para sacar de allí a Helena.

La flota se hizo a la mar, Afrodita envió un viento favorable y Paris llegó pronto a Esparta, donde Menelao le agasajó durante nueve días. En el banquete Paris entregó a Helena los regalos que le había llevado de Troya, y sus miradas desvergonzadas, hondos suspiros y atrevidas muecas causaron gran turbación en ella. Tomando la copa de Helena, ponía los labios en la parte del borde por donde ella había bebido para conseguir su sonrojo. Pero a Helena le aterraba que Menelao pudiera sospechar que alentaba la pasión de Paris, aunque siendo como era un hombre poco observador, se embarcó alegremente a Creta, dejando que Helena agasajara a los huéspedes y gobernara el reino durante su ausencia.

Y lo que parecía inevitable sucedió: Helena se fugó con Paris esa misma noche y se entregó a él amorosamente en el primer puerto de escala, que era la isla de Cránae. Ella había abandonado a su hija Hermíone, pero se llevó a su hijo Plistenes y la mayor parte de los tesoros de palacio.

Cuando navegaban hacia Troya, una gran tormenta enviada por Hera obligó a Paris a hacer escala en Chipre, y temiendo  que le persiguiera Menelao, se detuvo durante varios meses en Fenicia y Egipto.

Pero por fin llegaron a Troya y allí celebraron su boda Paris y Helena. Los troyanos la acogieron bien, embelesados por tan divina belleza. Y lo que es más, toda Troya, y no solamente Paris, se enamoró de ella, hasta el punto que Príamo juró que nunca la dejaría marchar.


27 jul. 2011

De Paris y Helena, y la manzana de la discordia.


Ya en el pasado de los griegos aconteció una desgracia para éstos de manos de una mujer, Pandora, regalo de los dioses. Pero ésta no fue la única. En la Grecia micénica, sobre el 1200 a.C., los griegos entablaron una disputa suscitada por otra mujer, Helena de Esparta. Una mujer con una belleza tal que fue capaz de hacer sucumbir a la ciudad de Troya.

Cuando Helena, la bella hija de Leda y Zeus, llegó a la edad núbil en el palacio de su padre adoptivo Tindáreo en Esparta, todos los príncipes de Grecia se presentaron con valiosos regalos como pretendientes, o en su lugar enviaron parientes para representarlos. Allí estaba Diomedes, recién llegado tras su victoria en Tebas, y con él Áyax, Teucro, Filoctetes, Idomeneo, Patroclo, Menesteo y otros muchos. También se presentó Odiseo, pero con las manos vacias, pues no tenía la menor probabilidad de éxito. Y Menelao, el más rico de los aqueos, estuvo representado por su hermano Agamenón.

Tindáreo quiso ser prudente y no despidió a ninguno de los pretendientes, pero por otra parte, tampoco aceptó ninguno de los regalos ofrecidos, pues temía que su parcialidad por cualquiera de los príncipes provocara peleas entre los demás. Y éste temor llegó a tal punto, que Tindáreo no supo qué hacer para no verse envuelto en un enfrentamiento abierto con todos los príncipes de Grecia. Pero un día, y a sabiendas de la gran astucia de Odiseo, Tindáreo decidió consultarle. Odiseo le respondió: "Si te digo cómo evitar una querella, ¿me ayudarás a casarme con Penélope, la hija de Icario?" Y Tindáreo aceptó encantado. Pues bien, éste fue el consejo que dio Odiseo al rey de Esparta: "Insiste en que todos los pretendientes de Helena juren defender al marido elegido por ella contra todo el que se sienta ofendido por su buena suerte." Tindáreo convino en que ésa era una decisión prudente. Después de sacrificar un caballo, hizo que cada uno de los pretendientes repitiese el juramento que Odiseo había formulado.

Y fue así como Helena se decidió por el aqueo Menelao, a quien coronó con guirnaldas, y quien llegó a ser rey de Esparta después de la muerte de Tindáreo. Pero su matrimonio estaba condenado al fracaso, pues años antes, mientras hacía sacrificios a los dioses, Tindáreo se había olvidado totalmente de Afrodita, quien se vengó jurando que haría a sus tres hijas: Clitemnestra, Timandra y Helena, célebres por sus adulterios.

Con los años, Menelao y Helena tuvieron una hija a la que le pusieron por nombre Hermíone, y a sus hijos varones Etiolao, Morrafio y Plístenes. Y éstos vivían en relativa armonía en Esparta. 

Antigua Esparta
En la orilla opuesta del Egeo, Hécabe la mujer de Príamo el rey de Troya, había soñado que daba a luz a un haz de leña del que salían retorciéndose innumerables serpientes de fuego. Se despertó gritando que la ciudad de Troya y los bosques del monte Ida estaban ardiendo. Príamo, muy preocupado, consultó inmediatamente a su hijo Ésaco, el adivino, que le anunció: "¡El niño que está a punto de nacer será la ruina de nuestro país! Te ruego que te deshagas de él."

Pocos días después Ésaco hizo otro anuncio: "La troyana de la casa real que hoy dé a luz un niño debe ser destruida, y también su descendencia." Así pues, Príamo mandó matar a su hermana Cila y a su hijo Munipo, nacido esa misma mañana de su unión secreta con Timete, y los enterró en el recinto sagrado de Tros. Pero Hécabe dio a luz a su hijo antes del anochecer, y Príamo perdonó a ambos la vida pensando que ya se había contentado al oráculo.

Y ciertamente se le perdonó la vida, pero se le abandonó fuera de palacio. Se entregó el niño a un pastor llamado Agelao.

La noble alcurnia de Paris quedó pronto en evidencia porque poseía una belleza y una fuerza fuera de lo común. Cuando era poco más que un niño detuvo a una cuadrilla de ladrones de ganado y recuperó a las vacas que habían robado, por lo que mereció el sobrenombre de Alejandro. Aunque en aquella época no era más que un esclavo, Paris fue el amante preferido de Enone, hija del río Eneo, una Ninfa de las fuentes. Rea le había enseñado el arte de la profecía y Apolo el de la medicina mientras trabajaba como pastor de Laomedonte. Paris y Enone solían cuidar sus rebaños y cazar juntos, y él grababa su nombre en la corteza de las hayas y los álamos. La vida transcurría feliz también en Frigia.

Pero había un fin oculto a punto de detonar detrás de todo esto. Y es que tanto Zeus como Temis habían proyectado un conflicto. Todo comenzó en la boda de Peleo y Tetis. Allí Éride arrojó una manzana de oro en la que estaban inscritas estas palabras "Para la más bella".

Zeus sabía lo que se le venía encima si se hacía responsable de esa elección él mismo, así que decidió encomendar dicha empresa a un mortal. Y Paris iba a ser ese mortal, pues Zeus lo había observado complacido tiempo atrás cuando Ares y él se habían enfrentado en una competición.

Estaba Paris un día cuidando su ganado en el monte Gárgaro, la cumbre más alta del Ida, cuando Hermes, acompañado por Hera, Atenea y Afrodita, le entregó la manzana de oro y el mensaje de Zeus.

"Paris, puesto que eres tan bello como sabio en los asuntos del corazón, Zeus te ordena que juzgues cuál de estas diosas es la más bella." Así habló Hermes, el mensajero de los dioses. Paris aceptó la manzana reticente, y convino en un primer momento partir en tres la manzana. Pero eso contradecía las órdenes de Zeus. Así que escuchó cómo las tres diosas ofrecían algo a cambio de la manzana. Y como el título en juego era el de la diosa más bella, las tres diosas se desnudaron para que Paris pudiera examinarlas bien.

Hera le prometió al joven que lo convertiría en el señor de toda Asia y el hombre más rico del mundo. Atenea, le ofreció su protección y así saldría victorioso de todas sus batallas, y lo convertiría en el hombre más bello y sabio del mundo. Y fue entonces cuando irrumpió Afrodita. La diosa del amor y la sensualidad le propuso, como las demás, lo que ella mejor sabía hacer y aquello que estaba a su alcance. Le ofreció al joven Paris la doncella más bella y apasionada, Helena de Esparta.

En aquel tiempo la belleza de Helena era algo conocido en el mundo entero y cuando Afrodita juró solemnemente que se la entregaría a cambio de la manzana, Paris, sin pensarlo dos veces, se la concedió.

Pero con esta sentencia incurrió en el odio encubierto de Hera y Atenea, quienes se alejaron tomadas del brazo a preparar la destrucción  de Troya.

25 jul. 2011

De la fundación de Troya


Hoy mi oráculo particular me ha aconsejado, que para aplacar la ira de los dioses, os hable de una de las ciudades más misteriosas del mundo antiguo. Esa ciudad responde a muchos nombres: Ilion entre los griegos, Hissarlik entre los persas, pero es conocida por todos por el nombre de Troya. Como bien sabéis, Homero en la Ilíada utiliza muchas referencias genealógicas, que espero veáis más claras tras esta publicación. Debido a la multiplicidad de leyendas y versiones acerca de la fundación de la ciudad, he decidido desarrollar la más académica, basándome en las uniones parentales de los fundadores.  

Una de las fábulas que se cuentan sobre la fundación de Troya dice que, en un época de hambruna, una tercera parte de la población cretense, bajo las órdenes del príncipe Escamandro, partió para fundar una colonia. Estos se echaron a la mar con sus naves y pusieron rumbo a Frigia, donde instalaron su campamento junto al mar, no lejos de la ciudad de Hamaxito, al pie de una alta montaña a la que llamaron Ida en honor a la patria cretense de Zeus. Peo Apolo había vaticinado que se establecieran dondequiera que pudieran atacarles enemigos nacidos de la tierra a cubierto de la oscuridad; y esa misma noche una horda de ratones campestres hambrientos invadió las tiendas y royó las cuerdas de los arcos, las abrazaderas de cuero de los escudos y todas las demás partes comestibles del armamento cretense. Ante esto, Escamandro ordenó hacer un alto para dedicar un templo a Apolo Esminteo y en aquella tierra se casó con la ninfa Idea, quien le dio un hijo a quien llamaron Teucro.

Una vez que Apolo ya estuvo de parte de los cretenses, estos vencieron a sus nuevos vecinos, los bébrices, pero en el transcurso de la batalla, el príncipe Escamandro cayó al río Janto, y por ello tomó después su nombre. Tras la muerte del príncipe, Teucro su único hijo, le sucedió. De ahí que a los troyanos se les conozca con el nombre de teucros. 

Un día recibió, a un tal Dárdano que había cruzado el mar proveniente del Ática. Éste llegó solo, remando en una balsa hecha con un pellejo hinchado y lastrada con cuatro piedras. Teucro le recibió hospitalariamente y, con la condición de que le ayudase a someter a ciertas tribus vecinas, le dio una participación en el reino y le casó con la princesa Batiea.

Tras un tiempo en Frigia, Dárdano se proponía fundar una ciudad en la pequeña colina de Ate, que se alzaba en la llanura donde está Troya. Pero cuando un oráculo de Apolo Frigio le advirtió que al desgracia acompañaría siempre sus habitantes, eligió un lugar en las laderas más bajas del monte Ida y llamó a si ciudad Dardania. Después de la muerte de Teucro, Dárdano le sucedió en las demás partes del reino, al que dio su propio nombre, y extendió su gobierno sobre muchas naciones asiáticas, fundando también colonias en Tracia y más allá de ésta.

Entretanto, el hijo menor de Dárdano, Ideo, le había seguido a la Tróade llevando las imágenes sagradas de los misterios samotracios. Un oráculo le aseguró entonces que la ciudad que estaba a punto de fundar sería invencible sólo mientras la dote de su esposa siguiera bajo la protección de Atenea. Después Ideo se instaló en los Montes Ideos, que, según algunos, se llaman así por él; y allí instituyó el culto de los Misterios de la Madre de los Dioses frigia. 

Y es en este punto donde la genealogía se vuelve difícil y menos segura, pero parece que Dárdano tenía dos hermanos Erictonio, dueño de tres mil yeguas, e Ilo. Y es éste último quien nos interesa.

Al parecer Ilo había ido a Frigia a participar en unos juegos y salió vencedor en la prueba de lucha, y como premio le entragaron a cincuenta muchachos y cincuenta muchachas. El rey frigio le dio también una vaca torda y le aconsejó que fundara una ciudad en el primer lugar donde el animal se acostara. Ilio siguió a la vaca, que se acostó al llegar a la colina de Ate, y allí construyó la ciudad de Ilion.

Cuando quedó marcado el circuito de los límites de la ciudad, Ilo pidió una señal a Zeus, y a la mañana siguiente encontró un objeto de madera delante de su tienda, medio enterrado en la tierra y cubierto con maleza. Era el Paladio, una imagen sin piernas de tres codos de altura, hecha por Atenea en recuerdo a su difunta compañera de juegos libia Palas. Palas, cuyo nombre agregó Atenea al suyo, tenía una lanza en alto en la mano derecha y una rueca y un huso en la izquierda, y la égida le envolvía el pecho.

En ese momento Apolo dio este consejo a Ilo: "Protege a la diosa que cayó del cielo y protegerás a tu ciudad, pues dondequiera que ella vaya, va el imperio". El Colegio de las  Vestales en el Foro de Roma conservaba la que se consideraba la auténtica estatua caída del cielo.

Tiempo después se decidió construir las famosas murallas de la ciudad y tuvieron suerte los troyanos pues se aseguraron los servicios de Apolo y Poseidón, que tras haberse rebelado contra Zeus, éste les había obligado a trabajar como peones. Y es así como los años pasaron prósperos por la ciudad de Troya, fundada por Ilo, y es por ello que los griegos la llamaban Ilion. 

En tiempos del Imperio Romano, cuando Virgilio componía para Augusto su gran obra, la Eneida, emparentó a la familia Julia con la ciudad de Iulu, que no era otra que Ilion.

21 jul. 2011

De Belerofonte, el héroe griego.

Hoy os hablaré de otro de los héroes griegos desconocidos por el público en general. Y es que conocemos a Heracles y a Teseo, incluso a Perseo; pero no a Belerofonte.

Belerofonte era hijo de Glauco de Corintio y nieto de Sísifo. Cuando aún era joven se vio obligado a abandonar su hogar por haber dado muerte a un tal Belero, por ello se ganó el nombre de Belerofonte.

Huyó suplicante y fue a ver a Preto, rey de Tirinto, pero tuvo la mala fortuna de que nada más verlo se enamoró de él Antea, esposa del rey, a los que algunos llamaban Estenebea.

Cuando él rechazó sus insinuaciones ella lo acusó de haber intentado seducirla, y Preto, que creyó la mentira, se enfureció. No obstante, no se atrevió a provocar la venganza de las Furias asesinando directamente a un suplicante, así que lo envió al padre de Antea, Yóbates, rey de Licia, con una carte sellada en la que decía: " Te ruego que borres de este mundo al portador de esta carta; pues ha intentado violar a mi esposa, tu hija".

Yóbates, igualmente reticente a tratar mal a un húesped real, pidió a Belerofonte que le hiciera el favor de destruir a la Quimera, un monstruo femenino que arrojaba fuego por la boca y que tenía cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de serpiente.

Antes de empezar tal empresa, Belerofonte consultó al adivino Poliido, quien le aconsejó que atrapara y domara al caballo alado Pegaso, amado por las Musas del Helicón, y que había nacido, si recordamos, de la sangre que derramó Perseo al cortarle la cabeza a la Gorgona Medusa. Así pues Belerofonte fue en su búsqueda, pero Pegaso no se hallaba en el Helicón, sino que lo encontró bebiendo en un pozo situado en Pirene, en la Acrópolis de Corintio, y le lanzó a la cabeza una brida de oro que muy oportunamente le había regalado la diosa Atenea.

Una vez que se hizo con Pegaso, tal y como le había dicho Poliido, fue al encuentro de la Quimera a quien venció sobrevolando por encima de ella a lomos de Pegaso, y atravesándola con sus flechas, una de las cuales fue a parar directamente a sus mandíbulas, y al entrar en contacto con el fuego de la fiera, el plomo de la flecha se fundió y se deslizó por su garganta hasta abrasarle las vísceras.

Convencido ya de que Preto debía estar equivocado con respecto al atentado contra la virtud de Antea, Yóbates mostró la carta y exigió un relato fiel de lo ocurrido. Al enterarse de la verdad imploró el perdón de Belerofonte, le dio a su hija Filónoe en matrimonio y le nombró heredero del trono de Licia. También elogió a las mujeres jantias por su ingenio y ordenó que en el futuro todos los jantios reconocieran su ascendencia por línea materna, no paterna.

En el momento culminante de su gloria Belerofonte emprendió presuntuosamente un vuelo al Olimpo, como si fuera inmortal, pero Zeus envió un tábano que picó a Pegaso bajo la cola, haciendo que se encabritara y arrojara a Belerofonte vergonzosamente a tierra. Pegaso completó su vuelo al Olimpo, donde Zeus lo utiliza ahora como bestia de carga para sus rayos; y Belerofonte, que había caído en un seto de espinos, quedó vagando por la tierra cojo, ciego, solo y maldito, evitando siempre los caminos de los hombres, hasta que la muerte se lo llevo.


20 jul. 2011

De Glauco y sus misterios.


Quisiera explicar la historia de Glauco, el hijo menor de Minos y Pasifae. El padre lo mimaba como si fuera su nieto. Para sus juegos, Glauco podía disponer de todo el palacio de Cnosos, y cualquiera que se encontrara con el pequeño príncipe tenía que cuadrarse ante él y saludarlo como a un rey. Eso era lo que había ordenado Minos, que observaba desde la ventana cómo sus ministros hacían los honores al niño mientras se reía para sus adentros.

Glauco jugaba todo el día en ese palacio, tan grande que Minos había pedido hacía años a su creador Dédalo, que desarrollara un sistema de señalización de caminos. Una noche los padres esperaron en vano el regreso de Glauco, y finalmente enviaron a los sirvientes en su busca. Buscaron por todos los rincones del palacio, pero no encontraron a Glauco. Al día siguiente Minos y Pasifae estaban muy preocupados.

El rey envió a un pequeño grupo de especialistas que peinó el palacio de modo sistemático, pero sin ningún resultado. Transcurrieron así tres días y tres noches.

Minos hizo reunir a todos los habitantes del palacio y de la ciudad y les obligó a jurar que no habían visto a Glauco. Todos lo hicieron. Y Minos desesperó. No es que fuera un hombre especialmente emotivo, pero a este hijo, a Glauco, lo amaba.

Por supuesto, acudió al oráculo. Y como no podía ser de otra manera, el oráculo dio una respuesta sumamente extraña: "Quien sea capaz de encontrar un símil correcto al problema de un nacimiento en Creta encontrará lo que busca". Pero cuando el rey escuchó estas palabras, empezó a gritarle a la sacerdotisa e incluso pensó si sería conveniente prenderle fuego al oráculo. Pensó que los dioses se habían puesto en su contra e imploró a su padre Zeus. Éste le dijo que confiara en el oráculo pues era correcto.

De modo que los cretenses se preguntaron qué nacimiento había habido recientemente, y llegaron a la conclusión que desde ña desaparición de Glauco sólo había nacido una ternera. Así pues fueron a ver a la ternera.

Era una ternera poco común. Cambiaba de color tres veces al día: por la mañana era blanca, al mediodía y por la tarde era roja, y por la noche se volvía negra. A la mañana siguiente era blanca de nuevo, y así sucesivamente.

Minos reunió a los hombres más sabios de su reino y les enseñó la ternera. Pero no supieron que decir y sólo concluyeron que se trataba de una ternera que cambiaba de color.

Por aquel entonces había un invitado en Creta, el vidente Poliido. Éster era hijo de Melampo, hombre capaz de oír la carcoma de la madera. Y cuando se le consultó, Poliido contestó: "Si me preguntáis por mi opinión, diría que esta ternera se parece a una mora madura".

Y cuando Minos vio con que facilidad Poliido había adivinado el oráculo amenazó de muerte al pobre vidente para que encontrara a Glauco. Poliido empezó a recorrer el palacio de Cnosos. En el umbral de una puerta vio una colmena de abejas amenazada por un búho, y lo interpretó como una señal. Seguidamente, quitó la colmena y siguió las abejas huyendo.

Éstas llevaron a Poliido a la bodega, donde había una gran vasija de miel hasta el borde. Y ante la vasija, Poliido dijo: "Dentro de esta vasija encontraréis a Glauco". Tiraron la miel y, en efecto, queriendo probar un poco de miel, el pequeño Glauco había resbalado y caído dentro de la vasija, en la que se había ahogado.


Pero Minos no se contentó con este final, y viendo los poderes adivinatorios de Poliido, se propuso que el pobre adivino le devolviera la vida a su pequeño Glauco.

Metió al vidente Poliido junto a su hijo Glauco dentro de una tumba e hizo introducir un tubo dentro para que Poliido pudiera avisar en caso de producirse algún cambio. Éste estaba tumbado en el estrecho y oscuro ataúd; por el tubo entraba un poco de luz y pudo ver que llegaba una serpiente y se acercaba a Glauco, y pensó: "si Glauco conserva un último aliento de vida no quiero que esta serpiente se lo quite". Así que levantó la mano y mató a la serpiente de un golpe. Entonces vio que llegaba una segunda serpiente que llevaba hierba en la boca. Se acercó hasta su hermana muerta y le colocó la hierba en la cabeza. Poliido vio que al serpiente muerta empezaba a moverse y se dio cuenta de lo que había pasado. Cogió la hierba, mató rápidamente a las dos serpientes y la colocó en los labios de Glauco.

En ese instante el cuerpo del pequeño empezó a reanimarse. Poliido gritó utilizando el tubo y pidiendo ayuda, suplicando que lo dejaran salir y que Glauco estaba vivo. Minos abrió el ataúd y los dos, Glauco y Poliido, salieron bien contentos.

Poliido pensó que Minos, un hombre inmensamente rico, le recompensaría, pero fue más bien a contrario. El rey no dejó que se fuera de Creta y lo mantuvo prisionero para que enseñara a Glauco el arte de la adivinación. Y una vez que se lo hubo enseñado, se quiso marchar.

Poco antes de subir al barco, Poliido pidió poder despedirse de Glauco. Abrazó al pequeño Glauco y cuando éste abrió la boca para desearle un feliz viaje, Poliido le escupió dentro. Lo había aprendido de Apolo: de ese modo borraba el recuerdo de todo lo que había enseñado a Glauco.

El muchacho perdió el arte de la adivinación, y cuando Minos lo descubrió envió tropas en busca de Poliido, pero ya no pudieron encontrarlo.

18 jul. 2011

Originals and copies.


The Romans admired Greek art, but used it in different ways. Contemporary scholarship has made much of the influence of the Greek legacy on Roman art, and this is a significant factor not only in sculpture but in painting and temple architecture. Artists from Hellenistic world came to work to Rome, while Greek works of art were imported in vast numbers as the spoils of war. Roman patricians were very keen to acquire works of this kind. In the first centuries of Roman civilization, Hellenistic art alone was regarded as worthy os esteem and the superiority of the Greeks was overestimated. The Roman craftsman was thought to have difficulty in imitating Greek work and to be quite incapable of creating anything of equal merit. Many sources bear witness to debates of this kind among the intellectual élite, and to the high prices fetched by works of art imported as war booty. In 146 AD, for example, after the fall of Corinth, many statues were brought to Rome and some were even distributed to other Italian cities. The architect Hermodorus of Salamis and several famous sculptors arrived at about the same time.

Despite the influx of original Greek works and the presence of Greek artists in the two centuries before Christ, Roman art was nevertheless acquiring an identity of its own. This was already apparent in architecture. It is a fact that no Greek building was ever really dismantled and transported to Rome. And despite close observation of Greek models, evident in Vitruvius, Roman architectural categories, being essentially functional, were not the same.

In the field of sculpture, and specially statuary, the study of Greek works, during the Imperial period in particular, resulted in Roman sculptors adopting a threefold approach: interpretatio, imitatio, aemulatio. Indeed, in attempting to tease out the originally of Roman art, we must not forget that under the cuirass of the Augustus of Prima Porta lurks the Doryphoros of Polyclitus, or that the Belvedere Apollo was inspired by Apollo the Archer from Asia Minor.

There are few Roman works modelled on Archaic masterpieces. The Webb head in the British Museum, carved in the Flavian period, is a direct imitation of the statue of Athenean Tyrannicide Harmodios by Antenor, thus contradicting the view that no copies were made of statues dating from before the late sixth century BC.

The copying and interpreting of models is a constant factor in art, and the influence of famous monuments can clarify the relationship between one work and another.

17 jul. 2011

De Hera, la de brazos blancos.


Hoy, por petición de una persona muy especial, hablaremos de una de las diosas griegas más desconocida quizás. Y digo desconocida porque el mito le ha dejado un protagonismo secundario pese a tratarse de la figura de la reina del Olimpo.

Hera era hija de Cronos y Rea, nacida según algunos en la isla de Samos, y según otros en Argos. Estos dos lugares eran los principales centros de culto en Grecia. Hera fue criada en la Arcadia por Temeno, hijo de Pelasgo. Sus nodrizas fueron las estaciones y es por ello que se ha intentado asociar a ella el cuco primaveral en su cetro y la granada madura del otoño en su mano izquierda para simbolizar la muerte del año.

Después de desterrar a su padre Cronos, Zeus, el hermano gemelo de Hera, fue un día a visitarla a Cnosos en Creta. Allí la cortejó, sin ningún éxito al principio, pero luego ella se apiadó de él cuando Zeus, según su costumbre, adoptó la forma de un cuco cochambroso, que se posó en su pecho y la violó.  Y desde ese momento ella se vio obligada a casarse con él por vergüenza.

Todos los dioses presentaron sus regalos en la boda; muy especialmente Rea, quien regaló a Hera un árbol con manzanas de oro, que más tarde guardaron las Hespérides en el jardín de Hera, situado en el monte Atlas. 

Ella y Zeus pasaron su noche de bodas en Samos, noche que duró trescientos años. Hera se bañaba periódicamente en la fuente de Canatos, cerca de Argos, renovando de esta forma su virginidad.

De la unión de Hera y Zeus nacieron las deidades de Ares, Hebe, Eris, e Ilitía. Hera fue madre de Hefesto, pero se trata de un nacimiento enigmático.

Hera estaba cansada de que Zeus, su esposo, la engañase constantemente, y quería demostrarle que también sin él era posible traer un hijo al mundo. Zeus se acostaba con todas las mujeres, empezando por las humanas, pasando por las ninfas y terminando por las diosas. Era su tarea, su destino, su vocación: engendrar, fecundar, hacer surgir una nueva vida, mezclar las especies más diversas. 

Así que Hera quiso jugarle a Zeus una mala pasada demostrándole que en realidad no necesitaba de ninguna contrapartida masculina; y trajo a Hefesto al mundo de sí misma. Sin embargo, Hera estaba claramente descontenta con el resultado de su autorreproducción. Hefesto era un bebe realmente feo. Le echó una mirada, después lo cogió de la pierna y lo arrojó desde lo alto del Olimpo. El pobre Hefesto estuvo volando doce horas por el aire hasta que finalmente aterrizó.

Hay que recordar que Zeus y Hera discutían constantemente, Luciano de Samósata da fe de estos hechos en su obra. Enojada por sus infidelidades, ella le vejaba frecuentemente con sus maquinaciones. Aunque él le confiaba sus secretos, y en ocasiones aceptaba su consejo, nunca confiaba plenamente en Hera, y ella sabía que si le ofendía más allá de cierto límite, era capaz de azotarla e incluso descargar su rayo sobre ella.

Es sin duda una figura intrigante pues en ella se concilian dos posturas contradictorias. Hera preside sobre los correctos preparativos del matrimonio y es el arquetipo de la unión en el lecho nupcial, pero no destaca como madre, se ve claramente en el trato a Hefesto.

Pero pese a las distintas versiones que existen acerca de esta diosa, en todas ellas se deja ver un reflejo muy humano y no tan divino de la figura de esta diosa.

A Javier, con quien la inspiración de las musas no me abandona.

16 jul. 2011

De Píramo y Tisbe.


Hoy, en medio de un ataque de romanticismo, os intentaré descubrir un relato antiguo. El artífice fue el magnífico Ovidio, y su fantástica creación la encontramos en su obra Metamorfosis libro IV. Es inevitable que no nos venga otra historia archiconocida a la mente, aunque posterior.

Érase la historia de dos jóvenes amantes y vecinos. Un día ella, a escondidas, perfora la pared que une sus estancias debido a la estricta prohibición de sus familias, las cuales no les permitían verse. Pero un día acuerdan verse furtivamente a las afueras de la ciudad, donde se alzaba un frondoso árbol y serpenteaba un riachuelo.  Tisbe, ella, llegó a aquel lugar antes que Píramo, él. Llevaba los cabellos cubiertos con un sutil velo.

Cuando Tisbe llegó esperó al joven Píramo a los pies del frondoso árbol, pero una leona que acababa de cazar y lucía las fauces llenas de sangre, la sorprendió aunque Tisbe tuvo tiempo de ponerse a salvo en una cueva cercana perdiendo en la huída el velo que portaba.

Poco después llegó hasta aquel lugar Píramo y encontró el velo de su amada manchado de sangre, pues la feroz leona había rasgado la prenda con sus dientes. Píramo pensó lo peor. Creyó que su amada había perecido presa del ataque de una fiera y tras lamentarse se dio muerte a los pies de aquel árbol con su propio hierro.

Cuando la oscuridad ya era latente, Tisbe salió de su escondite y fue al encuentro de Píramo consciente del retraso. Pero lo que allí encontró no fue otra cosa que el cuerpo sin vida de éste. Y tras lamentarse se dio muerte ella también con el mismo arma que Píramo. Así yacieron juntos.

Esto es una muestra de como la literatura clásica inspiró siglos después a los grandes autores de Europa. Os dejo la traducción del original para que os deleitéis. 

«Píramo y Tisbe, de los jóvenes el más bello el uno,
 la otra, de las que el Oriente tuvo, preferida entre las muchachas,
 contiguas tuvieron sus casas, donde se dice que
 con cerámicos muros ciñó Semíramis su alta ciudad.
 El conocimiento y los primeros pasos la vecindad los hizo,
 con el tiempo creció el amor; y sus teas también, según derecho, se hubieran unido
 pero lo vetaron sus padres; lo que no pudieron vetar:
 por igual ardían, cautivas sus mentes, ambos.
 Cómplice alguno no hay; por gesto y señales hablan,
 y mientras más se tapa, tapado más bulle el fuego.
 Hendida estaba por una tenue rendija, que ella había producido en otro tiempo,  
 cuando se hacía, la pared común de una y otra casa.
 Tal defecto, por nadie a través de siglos largos notado
 -¿qué no siente el amor?-, los primeros lo visteis los amantes
 y de la voz lo hicisteis camino, y seguras por él
 en murmullo mínimo vuestras ternuras atravesar solían.  
 Muchas veces, cuando estaban apostados de aquí Tisbe, Píramo de allí,
 y por turnos fuera buscado el anhélito de la boca:
 «Envidiosa», decían, «pared, ¿por qué a los amantes te opones?
 ¿Cuánto era que permitieses que con todo el cuerpo nos uniéramos,
 o esto si demasiado es, siquier que, para que besos nos diéramos, te abrieras?
 Y no somos ingratos: que a ti nosotros debemos confesamos,
 el que dado fue el tránsito a nuestras palabras hasta los oídos amigos.
     

Tales cosas desde su opuesta sede en vano diciendo,
 al anochecer dijeron «adiós» y a la parte suya dieron
 unos besos cada uno que no arribarían en contra.
 La siguiente Aurora había retirado los nocturnos fuegos,
 y el sol las pruinosas hierbas con sus rayos había secado.
 Junto al acostumbrado lugar se unieron. Entonces con un murmullo pequeño,
 de muchas cosas antes quejándose, establecen que en la noche silente
 burlar a los guardas y de sus puertas fuera salir intenten,
 y que cuando de la casa hayan salido, de la ciudad también los techos abandonen,
 y para que no hayan de vagar recorriendo un ancho campo,
 que se reúnan junto al crematorio de Nino y se escondan bajo la sombra
 del árbol: un árbol allí, fecundísimo de níveas frutas,
 un arduo moral, había, colindante a una helada fontana.
 Los acuerdos aprueban; y la luz, que tarde les pareció marcharse,
 se precipita a las aguas, y de las aguas mismas sale la noche.
    

Astuta, por las tinieblas, girando el gozne, Tisbe
 sale y burla a los suyos y, cubierto su rostro,
 llega al túmulo, y bajo el árbol dicho se sienta.
 Audaz la hacía el amor. He aquí que llega una leona,
 de la reciente matanza de unas reses manchadas sus espumantes comisuras,
 que iba a deshacerse de su sed en la onda del vecino hontanar;
 a ella, de lejos, a los rayos de la luna, la babilonia Tisbe
 la ve, y con tímido pie huye a una oscura caverna
 y mientras huye, de su espalda resbalados, sus velos abandona.
 Cuando la leona salvaje su sed con mucha onda contuvo,
 mientras vuelve a las espesuras, encontrados por azar sin ella misma,
 con su boca cruenta desgarró los tenues atuendos.
 Él, que más tarde había salido, huellas vio en el alto
 polvo ciertas de fiera y en todo su rostro palideció
 Píramo; pero cuando la prenda también, de sangre teñida,
 encontró: «Una misma noche a los dos», dice, «amantes perderá,
 de quienes ella fue la más digna de una larga vida;
 mi vida dañina es. Yo, triste de ti, te he perdido,
 que a lugares llenos de miedo hice que de noche vinieras
 y no el primero aquí llegué. ¡Destrozad mi cuerpo
 y mis malditas entrañas devorad con fiero mordisco,
 oh, cuantos leones habitáis bajo esta peña!
 Pero de un cobarde es pedir la muerte». Los velos de Tisbe
 recoge, y del pactado árbol a la sombra consigo los lleva,
 y cuando dio lágrimas, dio besos a la conocida prenda:
 «Recibe ahora» dice «también de nuestra sangre el sorbo»,
 y, del que estaba ceñido, se hundió en los costados su hierro,
 y sin demora, muriendo, de su hirviente herida lo sacó,
 y quedó tendido de espalda al suelo: su crúor fulgura alto,
 no de otro modo que cuando un caño de plomo defectuoso
 se hiende, y por el tenue, estridente taladro, largas
 aguas lanza y con sus golpes los aires rompe.
 Las crías del árbol, por la aspersión de la sangría, en negra
 faz se tornan, y humedecida de sangre su raíz,
 de un purpúreo color tiñe las colgantes moras.


 He aquí que, su miedo aún no dejado, por no burlar a su amante,
 ella vuelve, y al joven con sus ojos y ánimo busca,
 y por narrarle qué grandes peligros ha evitado está ansiosa;
 y aunque el lugar reconoce, y en el visto árbol su forma,
 igualmente la hace dudar del fruto el color: fija se queda en si él es.
 Mientras duda, unos trémulos miembros ve palpitar
 en el cruento suelo y atrás su pie lleva, y una cara que el boj
 más pálida portando se estremece, de la superficie en el modo,
 que tiembla cuando lo más alto de ella una exigua aura toca.
 Pero después de que, demorada, los amores reconoció suyos,
 sacude con sonoro golpe, indignos, sus brazos
 y desgarrándose el cabello y abrazando el cuerpo amado
 sus heridas colmó de lágrimas, y con su llanto el crúor
 mezcló, y en su helado rostro besos prendiendo:
 «Píramo», clamó, «¿qué azar a ti de mí te ha arrancado?
 Píramo, responde. La Tisbe tuya a ti, queridísimo,
 te nombra; escucha, y tu rostro yacente levanta».
 Al nombre de Tisbe sus ojos, ya por la muerte pesados,
 Píramo irguió, y vista ella los volvió a velar.
     

La cual, después de que la prenda suya reconoció y vacío
 de su espada vio el marfil: «Tu propia a ti mano», dice, «y el amor,
 te ha perdido, desdichado. Hay también en mí, fuerte para solo
 esto, una mano, hay también amor: dará él para las heridas fuerzas.
 Seguiré al extinguido, y de la muerte tuya tristísima se me dirá
 causa y compañera, y quien de mí con la muerte sola
 serme arrancado, ay, podías, habrás podido ni con la muerte serme arrancado.
 Esto, aun así, con las palabras de ambos sed rogados,
 oh, muy tristes padres mío y de él,
 que a los que un seguro amor, a los que la hora postrera unió,
 de depositarles en un túmulo mismo no os enojéis;
 mas tú, árbol que con tus ramas el lamentable cuerpo
 ahora cubres de uno solo -pronto has de cubrir de dos-,
 las señales mantén de la sangría, y endrinas, y para los lutos aptas,
 siempre ten tus crías, testimonios del gemelo crúor»,
 dijo, y ajustada la punta bajo lo hondo de su pecho
 se postró sobre el hierro que todavía de la sangría estaba tibio.
 Sus votos, aun así, conmovieron a los dioses, conmovieron a los padres,
 pues el color en el fruto es, cuando ya ha madurado, negro, 

 y lo que a sus piras resta descansa en una sola urna».


Especialmente dedicado a Javier. 

De Teseo, Ariadna y el Minotauro.


Hoy retomaremos la historia de ayer por donde la habíamos dejado. Recordemos a Egeo y Teseo, padre e hijo, que finalmente se habían reunido y estaban felices. Pero por esas fechas, Atenas estaba en guerra con Creta, y el rey cretense Minos chantajeaba a los ciudadanos atenienses. Si hacemos memoria, Minos era hijo de Zeus, y esto lo sabían los atenienses que no quisieron arriesgarse a que el dios les enviara una peste.

Cada año Minos les exigía siete mujeres y siete hombres vírgenes para alimentar al Minotauro que vivía en el laberinto que Dédalo había construido para él en Creta. Ésta bestia era el terrible resultado de una infidelidad de la esposa de Minos, Pasifae, al yacer con el toro blanco que Poseidón envió a al rey Minos para que se lo sacrificase en su nombre.

Cada año Atenas elegía siete muchachos y siete doncellas para enviarlos a Creta. Era una desgracia que pesaba sobre la ciudad. Pero esta vez no se lanzarían los dados una vez más. Teseo, como hijo del rey de Atenas, asumió que ningún ateniense moriría sin ser acompañado por el hijo de Egeo. Se encomendó a Afrodita y a Apolo para vencer al Minotauro.

Era costumbre que el barco que llevaba a estos seres desgraciados izara velas negras, pues se dirigían a la muerte. Y Teseo en aquel momento le dijo a su padre: "Si el barco regresa y las velas negras siguen izadas, significa que yo también habré sido devorado por el monstruo. Pero si ves velas blancas alégrate, pues habré vencido al Minotauro y sabrás que la ciudad de Atenas ha sido liberada y que tu hijo está de regreso."

Teseo, junto con otros muchachos y doncellas, se fue a Creta. Y una vez en la corte de Minos, intercedió Afrodita haciendo que Ariadna, la hija del rey, se enamorara del joven héroe. Ésta le prometió ayudarle a cambio de que la llevara con él a Atenas a su vuelta.

Una vez que todos los atenienses fueron abandonados en la puerta del laberinto, Ariadna entregó al joven Teseo un ovillo de lana y le dijo: "Ata el extremo en la entrada del laberinto y ve soltando hilo, así cuando venzas al Minotauro, conseguirás salir del laberinto.

Y todo salió bien: Teseo venció al Minotauro y liberó de ese modo a las doncellas y a los muchachos, y liberó también a su ciudad de la maldición. Luego huyó con Ariadna e hizo agujerear los cascos de los barcos del rey Minos anclados en el puerto de Creta, de modo que no pudieran perseguirlos. Todos en el barco lo celebraban con júbilo.

Pero luego ocurrió algo inesperado. El alegre barco hizo un alto en la isla de Naxos y Teseo dejó allí a Ariadna. Nadie sabe por qué lo hizo, pero hay quien afirma que Teseo era un ser inconstante y que ya se había cansado de Ariadna y que por eso simplemente la abandonó allí. Pero no quedó ahí. La confusión de Teseo duró todavía más tiempo porque el barco todavía tenía izadas las velas negras. El héroe había olvidado cambiarlas.

Egeo esperaba a su hijo en el puerto de Atenas; estaba en la alameda y oteaba el horizonte del mar. Entonces vio aparecer el barco a lo lejos y observó que todavía tenía izadas las velas negras. Y le anegó tal pesar, que se lamentó de su triste existencia y se lanzó al mar.

Todavía hoy el mar lleva su nombre, el mar Egeo. Y Teseo se convirtió en rey de Atenas.

15 jul. 2011

De Teseo, Egeo y Medea.

Egeo recibe a Teseo
Hoy empezaremos a hablar de la historia de otro héroe griego, Teseo. La diferencia entre Teseo y otros héroes como Heracles o Perseo radica en que las heroicidades de éste transcurren la mayoría de las veces dentro del mundo del mito.

Su padre era Egeo, que de joven había sido un hombre desafortunado, un desventurado. Era el hermano de Palas, el rey de Atenas, donde a Egeo se consideraba un bastardo. La educación de Egeo tuvo siempre como referente la figura de Palas. Éste tenía cincuenta esposas y un hijo y una hija con cada una de ellas. Egeo había tenido dos esposas y las dos lo habían dejado. Además el infeliz no tenía hijos. Así que se fue de Atenas y se dirigió a Delfos con la esperanza de encontrar allí una respuesta favorable a sus deseos de ser padre. 

Una vez allí, consultó a la Pitia, el Oráculo de Delfos; pero esta le dio una respuesta enigmática. A veces la Pitia se divertía ofreciendo respuestas que, para poder ser descifradas, precisaban de otro oráculo. "Egeo, ¿llevas vino?" le preguntó la Pitia. Y éste le contestó que sí, pues llevaba consigo una bota de vino. "Bien, entonces escúchame bien: no abras la bota hasta que hayas vuelto a casa." La Pitia guardó silencio. Ya lo había dicho todo.

Allí estaba Egeo, el desafortunado, que hasta ese momento había tenido tan mala suerte en la vida; allí estaba en el Oráculo de Delfos preguntándose si había realizado aquel largo y duro camino hasta Delfos para recibir un oráculo que no entendía. Pero no desesperó. Egeo tenía un amigo, de nombre Piteo, al que se consideraba un hombre capaz de descifrar incluso los oráculos más complejos. Así que Egeo decidió visitar a Piteo antes de poner rumbo de nuevo a Atenas.

Egeo bajó del monde de Delfos y se fue a Argolis, donde vivía Piteo. El camino era caluroso y estaba lleno de polvo. Por la noche llegó a una posada donde se reunían todo tipo de hombres, legales y no tan legales. Egeo entró y entabló conversación con una mujer, que le susurró que estaba huyendo y que no la delatara. Egeo se preguntó que por qué le contaba esto, y ella le contestó que podía leer en el rostro de las personas, y su rostro decía que era un hombre bueno y honrado. Egeo se sintió, sin duda, halagado y creyó preciso mostrarse de alguna manera digno de esa confianza. Aunque empezó a fanfarronear y a presumir. Egeo le dijo a esa extraña mujer que estaba ante el futuro rey de Atenas. Ésta preguntó cuando llegaría el momento en que lo coronarán y él contestó que muy pronto. "En cuanto seas rey de Atenas me podrás acoger. Te ruego que me permitas exiliarme en tu corte. Llegado el momento, recuerda a este alma pobre y perseguida." Estas fueron las palabras de la mujer.

Egeo dijo mostrarse gustoso de acogerla y le preguntó por su nombre. Medea respondió la mujer. Ese era el nombre.

Medea sí, era Medea la que estaba en la taberna junto a Egeo. Medea, este personaje brillante y terrible a la vez, este demonio que había sabido defenderse poderosamente siempre de sus amigos y de sus enemigos. Estaba huyendo en ese momento porque la perseguían por unos hechos innominables que ya referiremos en el futuro. Medea se declaró una hechicera ante Egeo y le prometió que una vez éste fuera rey de Atenas, se ocuparía de que el hijo de Egeo fuera el hombre más grande y famoso, siempre que la acogiera claro.

Con esto Medea había dado en el blanco, en el deseo más íntimo de Egeo, y aún bebido y creyendo que ella estaba presumiendo, cuando se fue a dormir sintió que su corazón estaba enaltecido y pensó que a partir de ese momento todo iría bien.

Al día siguiente Egeo siguió su camino y por la noche llegó a casa de Piteo y una vez allí, le expuso el enigmático oráculo de la Pitia. Para Piteo resultó tratarse de un oráculo muy claro. Egeo se quedó sin palabras al escuchar a su amigo y le pidió que se lo explicase. "Tendrás un hijo y será un hijo muy famoso; esto es lo que entiendo a partir de este oráculo." Una vez más Egeo se quedó sin palabras.

Piteo hizo beber sin parar al desdichado Egeo para celebrar el oráculo, y cuando estuvo borracho lo arrastró hasta el dormitorio de su hija Etra. Si lo que afirmaba del oráculo era cierto, entonces sería bueno que Egeo concibiera este hijo con su propia hija así el también podría beneficiarse un poco de la fama futura de este héroe.

Al llegar el día Egeo se levantó de buen humor, cogió a Etra de la mano, la cual yacía a su lado en el lecho, y la arrastró al campo. Una vez allí, Egeo levantó una enorme piedra con unas palancas y colocó su propia espada y una de sus sandalias debajo de la roca. Luego dejó caer la roca y le dijo a Etra: "Si llegaras a tener un hijo mío, entonces tráelo aquí cuando haya cumplido dieciocho años; y si puede levantar esta roca y sacar la espada y la sandalia, entonces me lo envías a Atenas y lo coronaré rey."

Acto seguido Egeo regresó a Atenas y volvió a su vida humilde y humillada hasta que un buen día, se abrió la puerta de su estancia y apareció una mujer en el umbral. Egeo no la reconoció.

Se trataba de Medea, la hechicera.  Egeo le contó que le había mentido, que por desgracia no era rey. Pero Medea le recordó cuan poderosa era y le dijo que no desesperara porque ella se encargaría de entronizarlo rey. Y así fue, de manera casi inexplicable Medea había acabado con Palas y sus descendientes y casi sin darse cuenta, Egeo se había convertido en rey de Atenas.

Egeo se la llevó consigo a la cama y la abrazó. Ésa era su manera de protegerla, eso es lo que ella quería. Y de este abrazo Medea quedó en cinta. Dio a luz a un hijo, y lo llamó Medo, a quien Egeo crió con amor y mil cuidados.

Mientras tanto el otro hijo de Egeo, el que había dado a luz Etra, la hija de Piteo, iba creciendo. A ese hijo le había llamado Teseo. 

Teseo era ya de niño llamativamente fuerte, desagradablemente fuerte, problemáticamente fuerte, y eso que su apariencia física no revelaba su fuerza. No había cumplido los catorce años cuando lanzó un buey por encima de una valla, sin más, para divertirse.

Al cumplir los dieciocho años, Etra hizo lo que Egeo le había mandado y llevó a su hijo ante la gran roca. Ella sabía que sería capaz de hacerlo mejor que su padre, y para Teseo fue en efecto un juego de niños. Levantó la roca y no usó para ello ni palancas ni cuerda alguna. Y allí estaba la sandalia y la espada.

Cogió las cosas de su padre y puso rumbo a Atenas. De camino protagonizó muchas aventuras. Venció a Procuestes y a la famosa cerda salvaje llamada Fea. A Cerción, el luchador de la piel de aceite, a Perifetes y al malvado Corunetes, el del garrote. Y tras alcanzar tal nivel de pericia, llegó a la corte de Egeo en Atenas. El rey no lo reconoció, aunque Medea temió que, una vez supiera Egeo de quien se trataba, prefiriera a Teseo y no a Medo.

A este joven extraño que había llegado a la corte se le invitó a una fiesta aquella misma noche, y en su calidad de invitado Teseo debía cortar la carne para los comensales. Y ¿cómo lo hizo? Pues saco del hatillo la espada de Egeo, y éste al verla se dio cuenta de quien era. Mientras tanto Medea había envenenado el vino del muchacho, y cuando éste fue a beber para brindar, Egeo apartó la copa de un golpe, arrebató la espada de las manos de su hijo y se lanzó a Medea para matarla. Pero en ese instante Medea se elevó del suelo, cogió a su hijo Medo y agarrándolo fuertemente se fue volando hacia la Cólquide, su patria, esa lejana tierra donde el sol nunca asoma por detrás de las nubes.



8 jul. 2011

La tradición del epigrama en la literatura latina antes de Marcial.

Etimológicamente el término epigrama se usa para referirse a las composiciones destinadas a ser grabadas en piedra. Así pues los primeros epigramas fueron composiciones breves pensadas para su inscripción con carácter votivo o funerario. Este tipo de epigrama arcaico está perfectamente documentado en Roma, pudiendo adscribirse a este tipo de poesía los primitivos "elogia", composiciones laudatorias en honor de difuntos, todavía en versos saturnios.

El epigrama literario, difundido extraordinariamente en época helenística, tiene su origen en estas inscripciones y de ellas toman gran parte de las características del género: brevedad, concisión, ingenio y vivacidad expresiva. El epigrama literario, concebido para ser leído o recitado, extiende su temática y pasa a expresar la más variada gama de sentimientos; encontramos epigramas eróticos, satíricos, costumbristas, festivos y, por supuesto, fúnebres.

La historia del epigrama latino puede retrotaerse también a las inscripciones funerarias, escritas en el antiguo metro saturnio. Uno de los padres de la literature romana, Ennio, también cultivo el género.
Poco se sabe del epigrama literario arcaico y la mayoría de las noticias de los gramáticos antiguos al respecto son confuses; conservamos un verso de Pompilio, un epigrama satirico del igualmente desconocido Papinio, transmitido por Varón, y alguno que otro más de dudosa autoría.

En Roma los primeros epigramas literarios datan de finales del siglo II a. C. y, siguiendo la moda alejandrina, describen en dísticos elegíacos sentimientos amorosos. En la segunda mitad del siglo I a. C. encontramos dentro de la variada obra de C. Valerio Catulo, que fue patrono del epigramista griego Antípatro de Sidón, una importante serie de epigramas en los que narra los vaivenes de su relación con Lesbia así como puyas y críticas a competidores y enemigos. También conservamos tres epigramas sepulcrales atribuidos a Plauto, Nevio y Pacuvio. Igualmente en la Appendix Virgiliana, obra al gusto neotérico y que se piensa que fue escrita por Virgilio en su juventud, figuran una serie de epigramas recogidos con el nombre de Catalepton.

El epigrama se convertirá en un entretenimiento de los hombres cultos, que lo cultivarán en todas las épocas, por ejemplo sabemos que ocasionalmente escribieron epigramas César, Cicerón, Octavio Augusto, Ovidio, Manilio, Séneca, Lucano, Petronio y Plinio el Joven.

Sin embargo el epigrama como forma literario alcanzó su configuración definitiva con Marco Valerio Marcial; él es el único escritor que adopta el epigrama como forma exclusiva para expresar sus ideas y sentimientos, dando a esta composición el carácter que actualmente tiene.


 A continuación os dejo unos cuantos epigramas de Marco Valerio Marcial para que os deleitéis con la exquisitez de su sátira. Os recuerdo que ya existe una entrada con otros epigramas del mismo autor.

"Aunque tienes las estanterías llenas de libros, 
¿por qué, Sosibiano, no publicas nada? 
"Mis herederos publicarán", respondes, "mis poemas". 
¿Cuándo? Ya es hora, Sosibiano, de que se te lea." 
Libro 4, 33.


"Quieres que te folle, pero no quieres, Sofeya, bañarte conmigo. 
No sé que es, pero algo muy horrible me sospecho: 
o fláccidos senos cuelgan de tu pecho 
o temes mostrar desnuda las arrugas de tu vientre 
o tu sexo se abre desgarrado por una descomunal raja 
o algo sobresale de los labios de tu coño. 
Mas no es nada de eso, estoy seguro: desnuda eres bellísima. 
Si eso es verdad, tienes un defecto peor: eres una sosaina."
Libro 3, 45.

"Te perdono que goces prolongando la noche con demasiadas copas de vino: tienes, Gauro, el vicio de Catón. Por escribir versos que no tienen nada que ver con las Musas y con Apolo, debes ser alabado: tienes el defecto de Cicerón. Porque vomitas, el de Antonio, porque te entregas a los placeres de la mesa, el de Apicio. Porque las chupas, dime, ¿de quién tienes el vicio? "
Libro 2, 89.

"Siempre que te levantas de la silla –lo he advertido ya muchas veces- tus miserables túnicas, Lesbia, te dan por el culo. Cuando intentas sacarlas tirando con la derecha, cuando intentas con la izquierda, las arrancas con lágrimas y gemidos: de tal manera son apelmazadas por la Simplégada de tu gran culo y penetran en tus nalgas enormes y oscuras. ¿Quieres corregir ese defecto horrible? Te diré cómo: Lesbia, te propongo que ni te levantes, ni te sientes."
Libro 11, 99.

4 jul. 2011

LEXICON LATINITATIS MEDII AEVI HISPANIAE



La documentación latina de los Reinos Hispánicos medievales ha sido atendida de manera creciente por los estudiosos de Filología Latina desde la segunda mitad del siglo XX. A raíz de los sucesivos y periódicos Congresos Internacionales de Latín Medieval Hispánico se ha ido consolidando la apuesta por configurar un Lexicon Latinitatis Medii Aevi Hispaniae, que ubique el latín medieval hispánico en el panorama general de los estudios europeos de lexicografía latina. El curso ofrecerá un panorama completo de los proyectos existentes y mostrará algunas posibilidades docentes del latín medieval hispánico.

Fecha: 28 y 29 de julio de 2011
Lugar: Sede Universitaria de La Nucía
Coordinación: Juan Francisco Mesa Sanz
Créditos: 1
Horas: 20
Precio: estudiantes, desempleados y jubilados: 60 €. General: 80 €
Lengua vehicular: castellano 

Destinatarios: Egresados de Filología Clásica (especialmente profesores de instituto), investigadores de Historia de la lengua (especialmente lenguas románicas) y medievalistas.

Transporte: Para los matriculados se ofrecerá servicio gratuito de transporte. Las plazas estarán limitadas a la capacidad de un autobús y se adjudicarán por orden de reserva. El servicio será desde la Universidad de Alicante (parada del Aulario I, junto a la salida de la autovía) hasta la Nucía, y no estará disponible cuando el número de alumnos que lo soliciten sea menor de 20.

Para reservar plaza en el autobús, enviar un mail a la dirección seulanucia@lanucia.es o llamar al teléfono 966897733. En el correo se comunicará nombre y apellidos, número de teléfono y dirección electrónica. La organización comunicará el estado de la solicitud a los interesados. El plazo de reserva se cerrará dos días hábiles antes del inicio del curso.

La salida será una hora antes del inicio de la primera sesión de cada día; la vuelta al terminar la última actividad de cada día (llegada a la Universidad de Alicante).



PROGRAMA
Jueves 28 de Julio de 2011
9.00-9.30: Inauguración
9.30-10.15: Sesión inaugural 

J. Eduardo López Pereira (Universidad de La Coruña)
“Lexicon Latinitatis Medii Aevi Hispaniae. Antecedentes y retos”
10.15-10.30: Pausa

Sesión I. Lexicografía latina de los Reinos orientales
10.30-12.30: Glossarium Mediae Latinitatis Cataloniae 

P. Quetglas Nicolau (Universidad de Barcelona)
Ana Gómez Rabal (Institución Milá i Fontanals-CSIC)
Mercè Puig (Universidad de Barcelona)
12.30-13.00: Pausa
13.00-14.00: Corpus Documentale Latinum Valencie 

Juan Fco. Mesa Sanz (Universidad de Alicante)
Antoni A. Biosca i Bas (Universidad de Alicante)
Sesión II. Latín hispánico en contacto con la lengua y la cultura árabes
16.30-18.30: Islamolatina

José Martínez Gázquez (Universidad Autónoma de Barcelona)
Cándida Ferrero (Universidad Autónoma de Barcelona)
18.30-19.00: Pausa
19.00-20.00: “Del árabe andalusí al latín hispánico”

Alberto Montaner Frutos (Universidad de Zaragoza)

Viernes 29 de Julio de 2011
Sesión III. Lexicografía latina de los Reinos occidentales
9.00-10.00: Lexicon Latinitatis Medii Aevi Legionis 

Maurilio Pérez González (Universidad de León)
10.00-11.00: Corpus Documentale Latinum Gallaeciae 

José M. Díaz de Bustamante (Universidad de Santiago de Compostela)
11.00-11.30: Pausa

Sesión IV. Lexicografía latina del Reino de Portugal
11.30-13.30: Regnum Portucale en CODOLGA 

Paulo F. Alberto (Universidad de Lisboa)
Rodrigo Furtado (Universidad de Lisboa)
13.30-14.00: Antología de textos latinos sistematizada (ATLAS)
Juan Fco. Mesa Sanz (Universidad de Alicante)
16.00-17.30: Glossarium infimae et mediae Latinitatis (Nouvelle édition électronique) 

Bruno Bon (Institut de Recherche et d'Histoire des Textes - CNRS)
17.30-18.30: “Lexicografía latina medieval en la red: herramientas y recursos” 

Juan Fco. Mesa Sanz (Universidad de Alicante)
Antoni A. Biosca i Bas (Universidad de Alicante)
18.30-19.00: Pausa
19.00-19.45: Sesión de clausura 

Maurilio Pérez González (Universidad de León)
“El latín diplomático”
19.45-20.00: Clausura