31 may. 2011

Achilles and Patroclus


The relationship between Achilles and Patroclus is a key element of the myths associated with the Trojan War. Its exact nature has been a subject of dispute in both the classical period and modern times. In the Iliad, it is clear that the two heroes have a deep and extremely meaningful friendship. Contemporary readers are more likely to interpret the two heroes either as non-sexual "war buddies", or as an egalitarian homosexual couple.

Due to this strong relationship, the death of Patroclus becomes the prime motivation for Achilles to return to battle. The friendship of Achilles and Patroclus is mentioned explicitly in the Iliad. Whether in the context of a tender friendship or military excellence, Homer makes their strong connection clear.

The death of Patroclus underpins a great deal of Achilles' actions and emotions toward the Trojan war for the rest of the poem. Achilles' strongest interpersonal bond is with Patroclus, whom he loves dearly.

The friendship with Patroclus blossomed into overt homosexual love in the fifth and fourth centuries. In the works of Aeschylus, Plato and Aeschines, and as such seems to have inspired the enigmatic verses in Lycophron's third century Alexandra that make unrequited love Achilles' motive for killing Troilus.

In the 5th century BC, in Aeschylus' tragedy The Myrmidons, which is now lost, Aeschylus clearly regarded the relationship as a sexual one and assigned Achilles the role oferastes or protector (since he had avenged his lover's death even though the gods told him it would cost him his own life), and Patroclus the role of eromenos. He tells of Achilles visiting Patroclus' dead body and criticizing him for letting himself be killed. In a surviving fragment of the play, Achilles speaks of a “devout union of the thighs”.

In Plato's Symposium, written around 385 BC, Achilles and Patroclus were viewed as lovers. In the Symposium, Phaedrus holds the two up as an example of divinely approved lovers. He also argues that Aeschylus erred in saying that Achilles was the erastes, "for he excelled in beauty not Patroclus alone but assuredly all the other heroes, being still beardless and, moreover, much the younger, by Homer's account." However, Plato's contemporary, Xenophon, in his own Symposium, had Socrates argue that Achilles and Patroclus were merely chaste and devoted comrades.

Of course, if Achilles and Patroclus represent an egalitarian homosexual pairing, then the time and nature of Achilles' pivotal character development are shaded with gray and open to interpretation.

Specially dedicated to Marouane.

28 may. 2011

Procne y Filomela



La historia de hoy es algo truculenta, e incluso puede dañar sensibilidades, pero es así como nos lo cuenta el gran Ovidio en sus metamorphosis.

Érase una vez un rey llamado Tereo, y que conste desde el inicio, era un rey terrible, hijo de un dios terrible, Ares. Tereo era rey de Tracia. Ayudó al rey Pandión de Atenas en una guerra de sucesión y, a cambio, se quedó con su hija Procne. Fue un buen negocio. 

Tereo trataba mal a Procne y cuando ésta tuvo un hijo de él, Itis, no lo quiso.

Procne echaba de menos a su hermana Filomela, a la que quería mucho, y esa añoranza le hizo empezar a languidecer. Había sido una mujer muy bella, pero ahora se estaba volviendo dura y cada vez más fea. Hasta el punto en que Tereo le dijo que la mataría si se volvía más fea. Y ésta le dijo que si volviera a ver a su hermana Filomela sería bella de nuevo, y volvería a ser útil para este, si necesidad de que la matara.

Tereo era un hombre arisco y terrible, un hombre realmente malo y, aunque no fuera suficientemente inteligente, tampoco era lo suficientemente tonto como para no saber que su mujer nunca volvería con él si la dejaba marchar. Y éste le dijo a Procne que tenía cosas que hacer en aquella región donde vivía su hermana, así que le prometió traerle a Filomela hasta el reino de Tracia para que se quedara unas semanas, y de esa manera esperaba que se pusiera mejor. Procne esperó con alegría la visita de su hermana.

El maleducado de Tereo fue a ver al rey Pandión de Atenas e hizo algunos negocios poco claros con él, pero cuando vió a Filomela ardió en deseos de poseerla. Le solicitó a Pandión que le dejara llevarla con él para que su esposa pudiera mejorar a su lado. Y el rey de Atenas no puso objeción alguna.

Tereo se llevo a Filomela, pero a medio camino, en un bosque, cambió de dirección, arrastro a Filomela hacia una torre abandonada y la violó; y para que no pudiera gritar le cortó la lengua. A continuación la encerró en la torre y dispuso que un sirviente mudo hiciera de guardián y le diera de comer y de beber. Luego se fue a su casa, donde Procne esperaba ansiosamente la llegada de su hermana; pero vio que Tereo llegaba solo.

Éste le contó, que Filomela en el bosque se había obstinado en ponerse a recoger flores y un animal salvaje la había matado.

Procne estaba profundamente afectada y se puso a llorar porque creía que había perdido lo único que realmente amaba.

Su hermana Filomela esta encerrada en aquella lúgubre torre en el bosque, no podía gritar, no podía llamar a nadie porque ya no tenía lengua, no podía hablar. Así que descosió su vestido y volvió a tejerlo de nuevo hasta elaborar un largo velo. Tejió toda su historia dentro de ese velo, escrita en una clave que sólo su hermana podía descifrar. Filomela dio el velo al siervo mudo que le daba de comer, y le ordenó mediante gestos llevarlo a la mujer de Tereo. El siervo así lo hizo.

Cuando Procne vio el velo lo descubrió todo y leyó toda la triste historia, la terrible historia de su hermana.

Era la época en que las Bacantes celebraban su festividad en honor a Dionisio. Procne se vistió como ellas y por la noche se fue a escondidas al bosque de la torre y liberó a su hermana.
Procne y Filomela se abrazaron y juraron vengarse. Para ello regresaron a la fiesta y Procne sacó a su pequeño Itis de la cama. No amaba a ese hijo porque era hijo de Tereo.

Juntas, Procne y Filomela le cortaron la garganta y lo descuartizaron. Asaron la carne y prepararon una comida que sirvieron a Tereo. Una vez hubo terminado de comer, Filomela, la muda, le lanzó la cabeza de su hijo. Presa de la ira y dominado por el dolor, Tereo persiguió a las dos mujeres, y cuando estaba a punto de apresarlas, ellas se transformaron: Procne en un ruiseñor y Filomela, que no tenía lengua y no podía cantar, en una golondrina.

Como ruiseñor y golondrina, las hermanas desaparecieron en el aire.

21 may. 2011

Marcial y la exquisitez de su sátira.

Hoy he querido que nos alegre el día Marco Valerio Marcial con su especial toque del humor. He hecho una selección personal de los epigramas que más me gustan y os animo a que los leáis. Sin duda, no hemos inventado nada nuevo.

"Como a tu esclavo le duele la polla y a ti, Névolo, el culo,
no hace falta ser adivino para saber lo que haces."
Liber III, LXX.

"Sertorio no acaba ninguna cosa, las empieza todas.
Me imagino que, cuando jode, tampoco termina."
Liber III, LXXIX.

"Te gusta que te partan el culo y, después de partírtelo, Pápilo, lloras.
¿Por qué te dueles, Pápilo, de que te hayan hecho lo que quieres que te hagan?
¿Te arrepientes de tu obcena comenzón?¿O más bien lloras porque han dejado de partirte el culo?"
Liber IV, XLVIII.

"Filénide siempre llora con uno de los dos ojos.
¿Cómo lo hace, me preguntáis? Es tuerta"
Liber IV, LXV.

"¿Por qué sólo tiene eunucos tu querida Celia, preguntas,
Pánico? Celia quiere que la jodan, no parir".
Liber VI, LXVII.

19 may. 2011

De Publio Claudio Pulcro y las gallinas sagradas.

Hoy he querido abrir boca con uno de los episodios que más me hacen reír pero que a la vez identifico con la peculiar moral romana donde se conjugaba la arrogancia con el ansia de poder, dando lugar a episodios como este.

Nos cuenta Valerio Maximo que, durante la primera guerra púnica, el consul romano Publio Claudio Pulcro preparaba la flota frente a las costas de Cartago con el fin de enfrentarse contra la armada cartaginesa en el 249 a.C. Éste, tras consultar los auspicios conforme a la costumbre de sus antepasados, el augur le anunció que debía esperar a que las gallinas que llevaba a bordo salieran de sus jaulas y comieran para poder emprender la victoria. Por ello, nuestro consul antes de entrar en combate ordenó suministrar pienso a las gallinas sagradas. Pero después de varios días éstas se negaban a salir y comer. Este hecho era un mal augurio pero Publio Claudio ignorándolo, cogió las gallinas y las arrojó al mar pronunciando las siguientes palabras:  «Si no quieren comer, que beban». No hace falta decir cual fue el resultado de la posterior batalla. 

"P. Claudius bello Punico, cum proelium nauale comittere uellet auspiciaque more maiorum petisset et pullarius non exire cauea pullos nuntiasset, abici eos in mare iussit dicens, «Squia esse nolunt, bibant» Valerius Maximus, I: IV, III.

Le agradezco a Carmen su ayuda para esta entrada, sin la cual no habría dispuesto de la fuente original. Y especialmente dedicada a Atenea.

18 may. 2011

Roma y la República



Al principio, antes de la República, Roma fue gobernada por reyes. Sobre uno de ellos, un altivo tirano llamado Tarquino, se contaba una espeluznante historia. Se decía que una anciana llegó una vez a palacio y preguntó por él. Llevaba bajo el brazo nueve libros. Cuando se los ofreció a Tarquino a cierto precio, el rey se le rió en la cara por lo exorbitante de la suma. La anciana no intentó regatear, dio media vuelta y se fue sin decir palabra. Quemó tres de los libros y luego, presentándose de nuevo ante el rey, le ofreció los volúmenes que quedaban al mismo precio que le había pedido antes. Por segunda vez, aunque ahora con menos seguridad, el rey se negó, y por segunda vez la anciana dio media vuelta y se fue. Tarquino comenzó a preocuparse por si estaba rechazando una buena oferta, así que cuando la misteriosa bruja regresó, esta vez trayendo sólo tres libros, se apresuró a comprarlos, a pesar de que tuvo que pagar el mismo precio que le había pedido al principio por los nueve. La anciana tomó el dinero y desapareció, sin que nunca se volviera a saber de ella. Sus libros demostraron contener profecías tan categóricas que los romanos pronto comprendieron que sólo podían proceder de una autora: la Sibila.

5 may. 2011

El Reino de Hades


Hoy quisiera hablar algo más profundamente acerca del mundo de los muertos, del Hades. Y no va a ser tarea fácil, ya que no he tenido el gusto de hacerle la visita a Hades y Perséfone. Así, pues, es la literatura quien nos permite fabular acerca de ese lugar. Homero, por ejemplo, nos dice que Odiseo llegó hasta las puertas del Hades, y Virgilio refiere una historia parecida con Eneas como protagonista. Hay muchos otros poetas que nos narran las aventuras de héroes que estuvieron en el Hades; sus relatos nos sirven para hacernos una idea de este sombrío lugar de luto.

En primer lugar, cuando una persona muere, llega Hermes, el dios mensajero, el acompañante de las almas, para guiar el espíritu del difunto hasta el mundo de los muertos. Por la Odisea sabemos que la entrada de ese mundo se encuentra en el este, a orillas del océano, escondida dentro de un bosque. Odiseo se dirigió hasta este lugar porque quería encontrarse con el vidente Tiresias y hablar con él para saber algo más de su propio futuro.

Odiseo sabía perfectamente cómo atraer la sombra de un muerto. Ante la entrada del mundo de los muertos ordenó practicar un surco en el suelo, y dentro de ese surco vertió la sangre de una oveja, que atrajo a las almas grises.

Aunque es Aquiles quien nos proporciona la información más impresionante para imaginarnos la existencia en aquel lugar. Odiseo le preguntó como eran allí abajo las cosas, y el héroe dijo, que preferiría ser el sirvo más miserable del campesino más pobre allí arriba en la tierra, aunque le obligaran a trabajar el campo más seco y yermo de todos, antes que ser rey allí abajo y señor de un millón de sombras.

Cuando una persona moría había que colocarle una moneda debajo de la lengua, el llamado óbolo, porque el muerto que no lo llevara consigo no podría entrar en el mundo de los muertos. Con esta moneda se pagaba al barquero Caronte, que es un anciano sucio, terrible y maloliente que coge el dinero y lleva las almas en su barca a través de la laguna Estigia, la que separa el mundo de los muertos del mundo de los vivos. Estigia significa "odiado", y los dioses utilizan su nombre en los juramentos. Si un dios jura, jura por la laguna Estigia.

Al otro lado de la laguna, es decir, a orillas del mundo de los muertos está Cerbero, el perro del infierno. La versión más conocida dice que tiene tres cabezas, aunque algunos testigos dicen que tiene hasta cincuenta. De todos modos, tenga las que tenga, debe presentar un aspecto terrible, eso es indudable. Saluda alegremente a los que llegan, pero cuando uno de los recién llegados pretende regresar, muestra sus colmillos.

Una vez en el Hades, encontramos tres espacios: uno más grande y dos más pequeños. El espacio grande se llama la pradera de Asfódelo. El más hermoso de los dos pequeños es el Elíseo, y el más feo, el Tártaro. Como la mayoría de la gente no es ni muy mala ni muy buena, resulta lógico que al mayoría de la gente, una vez muerta, vaya directamente a la pradera de Asfódelo. Sólo los muy buenos van al Elíseo y los muy pero que muy malos, al Tártaro.

De camino al interior del Hades hay un cruce donde se encuentran los tres jueces del mundo de los muertos: Radamanto, Eaco y Minos. Éstos examinan las almas y las envían a la sección que les corresponde. 

La mayoría de las almas se reúne en la pradera de Asfódelo: pero ¿Qué hacen allí? Se dedican a repetir mecánicamente aquellas actividades a las que se dedicaban en vida, imitan y parodian su propia existencia anterior. De vez en cuando, una de estas almas se inclina encima del lago del recuerdo, bebe un sorbo y revíve mejores tiempos. Otra alma, que en su existencia anterior no había vivido días agradables, se inclina sobre el río Leteo, el río del olvido, toma un sorbo de agua y olvida.

En el Elíseo tenemos, por ejemplo, a Menelao, que en vida no había sido demasiado bueno, pero sí muy valiente. Está allí disfrutando de su existencia simplemente porque era el marido de Helena. Ésta también está en el Elísio porque era la mujer más hermosa, pero no porque fuera la mejor mujer en sentido moral. Las nociones de moralidad propias de nuestro tiempo no se pueden trasladar al mundo de la antigüedad.

Echemos una breve mirada al Tártaro. Allí nos encontramos con un viejo conocido, Tántalo. Recordaremos que Tántalo mató e hirvió a su hijo Pélope y se lo dio de comer a los dioses. Quiso poner a prueba su omnisciencia, el resultado fue positivo, aunque más bien negativo pata Tántalo, que fue condenado al Tártaro, donde padece hambre y sed. Pero el castigo no fue por asesinar a su hijo, sino por poner a prueba a los dioses.

También encontramos allí a Sísifo, que intentó burlar a la muerte. Cuando Tánatos, la muerte, vino a llevárselo, Sísifo lo encerró, y fue Ares, el dios de la guerra en persona, quien tuvo que liberarlo. Cuando Tántalo se hubo recuperado del golpe, le enviaron por segunda vez a por Sísifo, quien esta vez acompañó a la muerte sin rechistar.

Así que después de este viaje por el mundo de allá abajo, espero que os haya entrado la curiosidad por descubrir poetas clásicos que os hablen de este lugar tan mágico y misterioso.

3 may. 2011

Διάλεξη του Δ.Ν. Μαρωνίτη με θέμα: «Η σιωπή του Πατρόκλου και οι μεταμορφώσεις του Αχιλλέα»


Η Γενική Συνέλευση του Τμήματος Φιλολογίας της Φιλοσοφικής Σχολής του Αριστοτελείου Πανεπιστημίου Θεσσαλονίκης αποφάσισε ομόφωνα, μετά τη δημοσίευση των μεταφράσεων της Ιλιάδας και της Οδύσσειας στα νέα ελληνικά από τον ομότιμο καθηγητή του Τμήματος Δ. Ν. Μαρωνίτη, να τον προσκαλέσει θα δώσει διάλεξη την Τρίτη, 3 Μαΐου 2011 και ώρα 7η μ.μ., στο Κεντρικό Αμφιθέατρο της Φιλοσοφικής Σχολής με θέμα «Η σιωπή του Πατρόκλου και οι μεταμορφώσεις του Αχιλλέα».

Τον ομιλητή θα προλογίσει ο πρύτανης του Α.Π.Θ. καθηγητής Ιωάννης Μυλόπουλος και θα παρουσιάσουν οι καθηγητές του Τμήματος Αντώνιος Ρεγκάκος και Μιχαήλ Χρυσανθόπουλος.
Η εκδήλωση είναι ανοιχτή για το κοινό και θα μεταδοθεί μέσω live streaming στο:mms://video.auth.gr/auth_maronitis_2011

El muchachito de Pérgamo

Pone Petronio en boca de nuestro poeta lascivo, Eumolpo el siguiente relato un tanto picante y con alguna reminiscencia a nuestros días, que espero, os guste.

"Cuando el servicio militar me llevó a Asia en el séquito del cuestor, se me dio alojamiento en Pérgamo. Estaba allí muy a gusto por lo confortable de la casa, y sobre todo porque el hijo de mi huésped era toda una belleza. Inventé un procedimiento para ser su amante sin excitar las sospechas del padre. Siempre que en la mesa se trataba de la corrupción de menores bien parecidos, me indignaba tan vivamente, me negaba con tan seria austeridad a oír hablar de esas obscenidades, que todos, pero especialmente la madre, me miraban como a uno de los siete sabios. Ya era yo el encargado de acompañar al joven al gimnasio, ya era yo el que dirigía sus estudios, yo quien le daba lecciones y consejos para que ningún seductor entrara en casa.

Un día que estábamos acostados en el comedor (pues una solemnidad había abreviado aquel día la tarea escolar y por pereza no nos habíamos movido del comedor después de la prolongada fiesta), a eso de la media noche comprendí que el muchacho estaba despierto. Con tímido susurro pronuncié el siguiente voto: "Diosa Venus, si yo llego a besar a ese muchacho sin que él se entere, mañana le regalaré un par de palomas". Al oír el precio asignado a mi capricho, el muchacho empezó a roncar. Así, pues, me acerqué al pequeño comediante y le planté unos cuantos besos. Satisfecho de este primer paso, me levanté muy de mañana y le traje el hermoso par de palomas que él estaba esperando. Mi voto quedaba cumplido.

La noche siguiente, dándoseme idéntica oportunidad, formulé un nuevo voto: "Si puedo acariciarlo con mano libertina sin que él se entere, como premio por su complacencia le daré un par de gallos de los más bravos." Ante esa promesa, el joven se me acercó espontáneamente; sin duda le entró miedo de que yo me quedara dormido. Accedí, pues, a su impaciencia y saboreé todas las delicias de su cuerpo, sin dar el último paso. Luego, cuando se hizo de día, le di la gran alegría de traerle cuanto había prometido.

Cuando la tercera noche me trajo nueva oportunidad (él se hacia el dormido), me levanté y le dije al oído: "Dioses inmortales, si logro dar a este joven dormido un gozo completo, en pago de mi felicidad le daré mañana un corcel macedónio, un verdadero ejemplar, pero con una condición: que el muchacho no se entere de nada." Nunca había tenido el joven un sueño tan profundo. Empecé, pues, por posar mis manos en su pecho de blancura inmaculada; luego, siguió un apretado beso y por último un abrazo que colmó de una vez por todas mis ansias. Por la mañana, sentado en la habitación, esperaba mi regalo habitual. Pero ya se sabe, es bastante más sencillo comprar unas palomas o unos gallos que un corcel; además, temía que un regalo tan considerable excitara sospechas sobre tanta generosidad de mi parte. Por lo tanto, tras un paseo de varias horas, volví a casa sin darle más que un beso. Pero él, mirando alrededor y colgándoseme al cuello para abrazarme, exclama: "Dime, maestro, ¿dónde está el corcel?"

Aunque con mi deslealtad me había cerrado la puerta que tenía abierta, pude ganar su confianza otra vez. Pasados unos días, como unas circunstancias análogas nos habían colocado ante la misma oportunidad, en cuanto oí roncar al padre empecé a suplicar al joven que se reconciliara conmigo, es decir, que accediera a dejarse querer; usé todos los argumentos que dicta una vehemente pasión. Pero él, muy enfadado no hacía más que repetir: "¡Duérmete, o ahora mismo se lo digo a mi padre!" No hay obstáculo que la tenacidad no logre derribar. Mientras él seguía repitiendo que despertaría a su padre, yo me deslicé a su lado y, aunque aparentaba resistirse, le hice el amor. No le disgustó del todo mi descaro y, después de quejarse ampliamente de que yo lo hubiese engañado, burlado y ridiculizado ante sus compañeros a quienes él había hecho grandes elogios de mi generosidad: "Para que veas que no soy como tú: si quieres vuelve a hacérmelo (dijo)." Así, pues, olvidando todo resentimiento, me reconcilié con el muchacho, aproveché sus complacencias y me dejé caer dormido. Aún no quedaba satisfecho aquel joven en plena forma y especialmente inclinado a la pasividad. Me sacó, pues, de mi sopor diciendo: "¿Quieres algo más de mí?"Aún no me disgustaba del todo la oferta. Como pude, entre suspiros y sudores, accedí a su petición y, agotado de felicidad, me quedé nuevamente dormido. Menos de una hora más tarde, empezó a pellizcarme de nuevo, diciendo: "¿Por qué no repetimos?" Harto ya de que me despertara tantas veces, exploté enfurecido y volví contra él sus propias palabras: ¡Duérmete, o ahora mismo se lo digo a tu padre!"

Satiricón, 85,4- 88.

1 may. 2011

Orfeo I


Orfeo, el más importante, el más grande, el más bello, el más enigmático cantor de la antigüedad. Hablaremos hoy de una bella historia que aconteció hace muchos siglos. Tantos, que posiblemente aun fuera más bella. Se cuenta que del grandísimo dios Apolo nació Orfeo. Su madre posiblemente Calíope, la patrona de la poesía épica.

Sobre él se decía “En infinitas baladas los pájaros volaban en círculos sobre su cabeza, y los peces saltaban hacía él desde el mar azul

Los animales se juntaban a su alrededor cuando empezaba a cantar y a tocar, los animales del agua, los animales de la tierra, los animales del aire. Pero no sólo los animales se le acercaban, como cuenta la leyenda, también lo hacían los árboles y los arbustos. También las colinas, las piedras, los riscos siguieron, y cuentan que las montañas, y cuentan que las montañas arrancaron sus anchas raíces e hicieron que la tierra se estremeciera.

También se dice que esas piedras que emergen desde lo profundo, asomaron para oír cantar a Orfeo con la lira de Apolo.

Etimológicamente, Orfeo significa “lo oscuro” y así fue uno de los pasajes de su vida, que acabó convirtiendo al alegre cantor en una figura tenebrosa y enigmática.

Apolo había participado en la expedición de los Argonautas. Nuestro cantor viajó a bordo del bajel Argos en compañía de muchos. Y no fue un tripulante más, puesto que cuando divisaban enemigos, sacaba la lira y empezaba a cantar. Estos al oír tan asombrosa melodía se quedaban paralizados y dejaban caer sus armas al suelo. Y claro, mientras tanto los griegos degollaban tranquilamente.
Pero no acabó aquí la utilidad del joven Orfeo. Al pasar con el Argos cerca de la isla donde vivían las sirenas, Orfeo cantó tan fuerte que la sutil voz de estos monstruos no llegó a oídos de la tripulación, y el barco pasó de largo. Aunque no es por esta razón por la que recordamos hoy al hijo de Apolo.

Al regresar de su viaje, Orfeo se topó con Eurídice, y se enamoró de ella al primer vistazo. También Eurídice se enamoró al instante de él. Eran la pareja más bella y feliz de aquel tiempo. Pero a los griegos les sobreviene la tragedia. Un día, Eurídice salió al campo a coger flores para Orfeo, aprovechando que este había ido a la ciudad a comprar una delicada tela para Eurídice. Caía la tarde soñolienta de verano, las abejas zumbaban en torno a las flores. Eurídice esperó a que libaran su néctar y sólo después las cortó.

Pero las abejas pertenecían a Aristeo, el apicultor más famoso de la antigüedad. Era el inventor de la apicultura, regentaba con éxito un establecimiento y surtía de miel toda la tierra, y no sólo a los hombres, también a los dioses.

Aristeo no le quitó ojo a Eurídice mientras esta se agachaba a coger flores, y en menos que canta un gallo corría detrás de ella henchido de deseo. Eurídice huyó precipitadamente y Aristeo la siguió. Eurídice sintió un miedo terrible ante aquel hombre con la cara cubierta con una redecilla extraña, y como no miraba el suelo, pisó una serpiente y esta le mordió el pie. Eurídice murió instantes después.

Cuando Orfeo regresó de la ciudad con la delicada tela de su amada esposa, ella ya estaba muerta.
Se sumió en la más profunda de las tristezas, en una tristeza que el mundo hasta entonces había tenido por imposible. No comía. No dormía. No podía estar tranquilo ni un minuto. Caminando componía los cantos fúnebres más hermosos, como no se habían oído nunca.

Orfeo se puso en camino hacia el fin del mundo. Marchó al sur, y más al sur, y más al sur, hasta que llegó al cabo sur del Peloponeso, donde hay una entrada al reino de los muertos, el reino del Hades. Ante la entrada se situó Orfeo tocando la lira y cantando, envuelto en una oscura nube de tristeza. Sabía que era Hermes quien  guiaba suavemente a los infiernos, y era él quien había conducido a su esposa Eurídice por esta entrada hasta el espantoso reino de las sombras.

Orfeo estaba a la entrada con su lira, cantando y tocando, y su música y su canto no eran sino una melancólica llamada a Eurídice.
Así quedó demostrado que estos no solamente eran capaces de ablandar las piedras y obligar a los árboles y a los arbustos a caminar, y a los animales a escuchar y bailar, y a las montañas a tirar de sus raíces, sino que también pudieron dominar el corazón de Caronte, el barquero que llevaba a las almas por la laguna Estigia, de una orilla a otra. Y Caronte, que de sobra sabía que los vivos tenían prohibido el paso, se dejó convencer por esta música, se dejó seducir, y permitió a Orfeo, un vivo, subir al bote, llevándole a la otra orilla de la laguna.

Allí esperaba Cerbero, el perro del Hades, segunda medida de seguridad para que ningún vivo entrara en los infiernos. Pero el canto de Orfeo también hechizó a ese monstruo de muchas cabezas, que le dejó pasar, y así el cantor penetró en el mundo de los muertos.

Y mientras se adentraba cada vez más en la oscuridad absoluta, seguía tocando con su lira y su canto no cesaba de llamar a su amada Eurídice...

"Verba volant scripta manent"


La verdadera filología en un sentido muy cercano al que tiene en la actualidad, una actividad que tiende a editar y explicar a los autores antiguos, se inicia en la Alejandría de los Ptolomeos. Aunque en época anterior se dan algunos preludios. El hecho básico fue la creación de la Biblioteca de Alejandría, obra de Ptolomeo I, que se rodeó de un grupo de eminentes eruditos y críticos que echaron las bases de una larga tradición, que duraría hasta el fin de la Antiguedad.

La difusión, la conservación y la reflexión sobre la catalogación del libro y la crítica literaria se desarrollaron durante la época helenística con la creación de grandes bibliotecas, que respondían al deseo enciclopédico que se puede encontrar, por ejemplo, en el afán de Aristóteles y que respondían también, sin duda, a razones de prestigio político.

Las ediciones alejandrinas son la fuente última de las ediciones modernas de los autores griegos. Se produjo una verdadera obsesión por recoger en la Biblioteca todo lo publicado. Los ejemplares venían sobre todo de Atenas, Rodas y Antioquía.

La Biblioteca se organizó burocráticamente con un bibliotecario al frente, y se procedió a la reunión y catalogación de los fondos que iban entrando.[1]

Los lugares más representativos fueron:


-En Alejandría, la biblioteca creada por Ptolomeo I Sóter y constituida por Demetrio de Falero. Llegó a contener 500.000 volúmenes (en la parte del Museion) y 40.000 en el templo de Serapio (Sérapeion). El Museion fue destruido parcialmente en el 47 a. C. 

-En Pérgamo, la biblioteca fundada por Átalo I, contenía 200.000 volúmenes que fueron llevados al Serapeo por Marco Antonio y Cleopatra tras la destrucción del mismo. El Serapeo fue destruido, en parte, poco después, 391 por los cristianos y los últimos libros desaparecieron en 641 con la conquista árabe. 

-En Atenas, el Ptolemaion fue la que tuvo más relevancia tras la destrucción de la Biblioteca de Alejandría. Importantes fueron también la biblioteca de Pantainos, hacia el 100; y la biblioteca de Adriano, en 132.

-En Rodas, se creó una biblioteca que intentó rivalizar con la de Alejandría. 

-En Antioquia hubo una biblioteca pública de la que Euforión de Calcis fue director hasta finales del siglo III.


Las bibliotecas tenían sus propios talleres de copistas y la organización general de los libros aseguraba los trabajos siguientes:
 -Conservación de un ejemplar de cada libro
 -Traducción (Biblia de los Septantes)
 -Crítica literaria para catalogar los textos de referencia para su copia (La Ilíada y La Odisea)
 -Constitución de catálogos de libros
 -La propia copia que permitía la difusión de los libros.

Uno de los momentos más importantes para la historia del libro, y con ello la transmisión de textos, fue el nuevo formato que empezó a dársele a partir del s.II d.C., se trata de la conversión del antiguo rollo de papiro en un volumen de hojas encuadernadas, en papiro o pergamino[2].

Las ventajas del códice sobre el rollo de papiro eran muchas. Resultaba más práctico, más fácil de manejar, se podía guardar en armarios y no en cajas, como ocurría con los rollos, se podían numerar las páginas con lo que la interpolación resultaba más difícil.

En un primer estadio, el códice estaba constituido por una serie de hojas de papiro unidas por los bordes. Poco a poco se sustituye por el pergamino. Los códices en papiro más antiguos que conocemos son del s. II d.C. y son obras escriturísticas. Parece que el cristianismo influyó no poco en la invención de la nueva técnica librera, y ello se explicaría por el interés que tenía la naciente Iglesia por evitar la falsificación. Otra cosa es que lo consiguiera.

La invención del códice influyó, asímismo, en la transmisión de la literatura, puesto que la práctica normal de que cada libro de una obra ocupara un rollo, se convirtió en la tendencia a reunir en un solo códice varios rollos. Con ello se ganaba espacio y se hacía más factible la lectura de una obra entera. Pero, al no caber en un solo códice una obra muy larga, obligó a dividirla en tomos, y con ello se facilitaba la posibilidad de la pérdida de una parte de una obra.


[1] Hubo en realidad dos bibliotecas, la oficial o mayor, y la del Serapeo. Hubo asímismo un Museo, que reunía en su seno a los sabios de la época. E.A. Parsons, The alexandrian Library, Amsterdam, 1952.
[2] El pergamino era piel de animal curtida. Se creó en la ciudad de Pérgamo y de ahí su nombre.

Introducción al libro en la Antigüedad.


Editar una obra antigua y la de un autor contemporáneo son dos tareas muy distintas. Si tomamos la edición crítica de una obra, podemos observar que va precedida de un prefacio en el que el editor da cuenta de los manuscritos, papiros, citas de la traducción literaria indirecta, listas de escolios o comentarios que le han servido para establecer su propia edición. Y sólo en muy pocos casos, realmente en casos muy excepcionales, el autor se encuentra ante un texto original. Entre el manuscrito original y la edición crítica hay un largo proceso de siglos. Estudiar este proceso es el objeto de las tareas más fastigosas y apasionantes de la filología: la historia de la tradición del texto.

Es en el período comprendido entre los s.VI y V a.C. cuando de hecho surgen los primeros intentos por perpetuar las ideas con el despertar de la personalidad[1]. Y para ello contribuyó mucho un tipo de soporte. Los rollos de papiro han debido ser el primer ejemplo de lo que podemos llamar en sentido lato "libro". Es en este material, en el que publican los presocráticos sus tratados.

En muchos casos debemos adaptar nuestra visión moderna acerca del proceso de edición de una obra a la que se tenía en la antigüedad. Como en todo proceso histórico debemos ver con otros ojos aquello que se producía, contextualizándolo a las técnicas y costumbres de la época.

Hemos de suponer, por tanto, que el autor dictaba el contenido de su obra a amenuenses; era pues un tipo de edición privada, para usos muy restringidos. El libro pasaba luego de mano en mano, aunque muy pronto debió iniciarse un cierto comercio librero[2] a pequeña escala, para satisfacer las demandas del público. Otras veces la confección debió de tener finalidades puramente prácticas: cuando Píndaro componía sus epinicios y debía cuidar de su ejecución, se veía en la necesidad de proporcionar copias para que el coro pudiera ensayar.

Aristófanes nos cuenta en "Ranas v.114", que "cada ciudadano, con un libro en la mano, aprende lo que debe.". La enseñanza se basaba en al lectura de los grandes autores del pasado.[3]

Y otra característica importante a tener en cuenta en esta época que afectará claramente a la transmisión del texto original, son los derechos de autor.

Los derechos de autor son prácticamente inexistentes en el mundo griego y latino. Cualquier autor podía vender su texto/obra a un editor, quien quedaba dueño de la obra. Ello hizo que la obra quedara a merced de revisiones, cambios, correciones,...[4]



[1] Los griegos disponían de tablillas de cera -que, en la práctica sólo servían para tomar notas y hacer borradores- o de papiros que ya habían sido usados en el Egipto faraónico.
[2] Nos han llegado noticias que dicen que Sócrates compró un texto de Anaxágoras por una dracma, y que Platón se hizo con las obras de Filolao por cien minas para su colección en la Academia.
[3] Como se verá más adelante, este modelo de educación a tarvés de la lectura de los antiguos va a perdurar en el tiempo y se va a ver claramente su herencia del mundo griego en el Imperio Bizantino.
[4] Kleberg, pág. 51-ss.